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Aforismo

Críticas cinematográficas y análisis fílmicos
Cartel de 'Ritmo loco'.

Fred Astaire y Ginger Rogers

Índice

Fred Astaire. La elegancia.

Ginger Rogers. La sensualidad.

Una unión para la historia.

Divorcio, pero continuación del éxito.

Ocaso y fin, que no olvido, de sus carreras.

Hicieron películas por separado, las cuales fueron éxitos en muchas ocasiones, pero la figura del uno no puede entenderse sin el otro. Formaron una de las parejas míticas, no sólo del cine, sino de la historia en general. Decir Fred es decir Ginger, y decir Ginger es decir Fred. La sintonía de ambos en la pista de baile, enmarcada en un art decó en blanco y negro, y fusionada con las melodías de Gershwin o Berlin, alcanzó las más altas cotas de belleza y plasticidad. Hasta el punto de que los años los han acabado convirtiendo en una de las imágenes más emblemáticas de la iconografía popular. Con Fred Astaire y Ginger Rogers el musical se convirtió en uno de los géneros más amados por el público, a la par que procuraba algunas escenas destinadas a insertarse en eso que se llama antología del cine. Protagonizaron una serie de películas que para el cinéfilo de verdad se presentan como inolvidables e imprescindibles. No cabe hablar de historia del cine si no se menciona a Astaire y Rogers.

  1. Fred Astaire. La elegancia.
Fred Astaire, con el inseparable bastón y el sombrero de copa.

De Astaire se asegura con rotundidad que ha sido el mejor bailarín que nunca ha existido, y pese a las ya famosas palabras que provocaron su primer casting (aquello de: “No sabe cantar. No sabe actuar. Baila un poquito.”), crítica, público y compañeros comparten adoración por su maestría en el arte de la danza. Terreno éste en el que dominaba toda clase de disciplinas, desde los más clásicos ballets originarios del este de Europa, hasta las más “modernas” tendencias del swing, claque y el jazz. Su adecuación a ambos terrenos nunca quedó más patente que en ‘Ritmo Loco’ (1937), título dado en España a ‘Shall We Dance’, auténtica delicia que recogía algunas de las más memorables piezas gershinwianas.

La efigie de Astaire va irremediablemente unida al esmoquin, los zapatos, el bastón, y, por supuesto, el sombrero de copa. Su figura destacó por su agilidad, sutilidad y elegancia.

El nacimiento de Fred Astaire se remonta al siglo XIX, concretamente al 10 de mayo de 1898. Fue en Omaha (Nebraska), y como es bien sabido el niño fue bautizado como Frederick Austerlitz, aunque su carrera profesional le hizo cambiarse el nombre por otro más sonoro y cercano. En sus inicios, allá por los felices años 20, Fred triunfaba en teatrillos, vodeviles y más tarde Broadway, junto a su hermana Adele. Ambos se hicieron muy conocidos gracias a dos musicales made by Gershwin: ‘Lady be Good’ y ‘Funny Face’. Más tarde, Fred pasaría a representar este último en el cine.

  1. Ginger Rogers. La sensualidad.
Ginger Rogers esbozando una sonrisa.

En cuanto a ella, puede que sus pasos no llegasen a la grandeza de los Astaire, pero si éste destacaba por su estilo refinado y elegante, ella dotaba a la pareja del punto sexy que sus números precisaban para lograr la conexión con las masas de público. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces enseñar pierna era el colmo del erotismo, y las de la Rogers no tenían desperdicio. En los bailes mostraba soltura, desparpajo y en ocasiones hasta descaro, mientras que su aguda voz conseguía un peculiar y encantador efecto, que contrastaba mucho con las graves voces de solistas femeninas, como Ella Fitzgerald, que hicieron célebres esas mismas canciones.

Y si bien él basó su paso por el cine en espectáculos musicales (lo cual, por cierto, ya es bastante), Ginger Rogers decidió mostrar su versatilidad en distintos géneros, a la vez que sus portentosas dotes de actriz.

Ginger (Virginia Catherine McMath) era una chica de Missouri, nacida el 16 de julio de 1911, que, tras dedicarse a la danza y la canción, empezó su relación con Hollywood en diversas comedias, hasta que despuntó en ‘La calle 42’ (1933), el mítico musical de Busby Berkeley. Y pasó por otra serie de títulos de revista hasta que se unió a Fred Astaire, comenzando entonces la leyenda.

  1. Una unión para la historia.

Cada uno de ellos parecía representar el perfecto contrapunto del otro. La química que se produjo entre ambos más parecía tener de mágico y romántico que de físico o racional. Todo empezó con ‘Volando hacia Río de Janeiro’ (1933), donde robaron con enorme facilidad, gracias a su baile de la ‘Carioca’, el protagonismo a Joel McRea y Dolores del Río. Cuando tras el estreno todo el mundo hablaba de este nuevo dúo de bailarines, la RKO comprendió que tenía un filón que no podía dejar sin explotar.

De esta manera quedó escrito que compartieran varios títulos musicales con una estructura y función similar. Se trataba de pasatiempos que querían enganchar y animar al espectador en los difíciles 30, a la vez que eliminaban toda aspiración dramática o argumental. De hecho, los argumentos son inverosímiles, las situaciones dramáticas inexistentes, los escenarios (art decó) imposibles (mucho se podría hablar de la Venecia de ‘Sombrero de copa’), aunque todo ello no importa lo más mínimo al público, pues, una vez que ambos empiezan a mover las piernas, todo lo demás queda relegado a un plano secundario.

Siguiendo a la mencionada ‘Volando hacia Río de Janeiro’, llegó ‘La alegre divorciada’ (1934), que dejaba gran parte del metraje a la comedia, y tenía en ‘Night & Day’ y el ‘Continental’ sus números estelares. Mucho glamour y estilismo para poner en escena las composiciones de Cole Porter.

En 1935 llegaron dos films, ‘Roberta’, con la estimable colaboración de Irene Dunne, y muy especialmente ‘Sombrero de copa’, siendo esta última, con música de Irving Berlin, Fred y Ginger en 'Sigamos la flota'.considerada la mejor de la serie, ya que, aparte de por su ya mencionada “falsa Venecia”, destaca por su mítico número ‘Dancing Cheek To Cheek’ (conocido por todo mundo), sin dejar de lado el ‘Piccolino’. El director del film fue Mark Sandrich, cineasta de cabecera de ambos, y que mostraba su buena labor artesanal, a pesar de ser eclipsado por los ilustres protagonistas.

Más tarde vendrían ‘Sigamos la flota’ (1936), de nuevo con partituras de Berlin, donde, a la vez que Ginger aparecía especialmente sexy, Astaire estaba inapropiado como marinero; ‘En alas de la danza’ (1936), con la prestigiosa dirección de George Stevens; y la ya citada ‘Ritmo loco’ (1937), que fue otro admirable musical con melodías de los hermanos Gershwin, destacando algunas como ‘Shall We Dance’ (que dio el título original a la película), ‘They All Laughed’, ‘Let´s Call the Whole Thing Off’ (maravilloso baile en una pista de patinaje neoyorquina), o ‘They Can´t Take That Away From Me’ (canción que Fred canta a Ginger durante una travesía en ferry, y que tal vez sea uno de los momentos más hermosos que yo haya contemplado en una pantalla). Como ya he apuntado antes, en ‘Ritmo Loco’, Astaire interpreta a Petrov, bailarín con ganas de dejar el ballet por melodías más marchosas.

La serie se cerraría con ‘Amanda, la paciente peligrosa’ (1938), y ‘La historia de Irene Castle’ (1939), y tras una larga etapa sin colaborar, el reencuentro se produjo en ‘Vuelve a mí’ (1949), donde Ginger fue la elegida para sustituir a la malograda Judy Garland, quien había logrado un gran triunfo junto a Astaire en ‘Desfile de Pascua’ (1948).

Todas siguen el mismo esquema: bailarín conoce a bailarina, enredos, confusiones, equívocos y cambios de pareja, hasta que un número final une a Fred y Ginger (aunque nunca lleguemos a verles besándose).

A su vez, resultaría flagrante la omisión de un grupo de excelentes actores cómicos: Edward Everett Horton, Eric Blore, Alice Brady, Franklin Pangborn.... De hecho, en ‘Sigamos la flota’ éstos no aparecen y se nota muchísimo en perjuicio de la película. Las dosis de comedia ofrecidas por esta tropa no podían ser superadas por una historia de amor entre un soso Randolph Scott y la elegante Harriet Hillard.

  1. Divorcio, pero continuación del éxito.

Ginger quería separar sus pasos del musical. Al parecer estaba un tanto descontenta porque Sandrich dedicaba toda su atención y sus elogios hacia Astaire, dejándola a ella un tanto de lado. Si tal afirmación es cierta, no podemos sino condenar tamaña injusticia. Pero, al margen de esas pequeñas rencillas, miss Rogers aspiraba a probar con otros géneros y registros, y a fe que lo hizo con grandeza.

Una de sus películas más famosas, y donde mostró su solvencia, fue el genial drama de Gregory La Cava, ‘Damas del teatro’ (1937), donde ella era la artista de vodevil, rival de la refinada Kate Hepburn. Pocas veces la vida de las artistas ha sido narrada de forma tan desgarradora y cercana. Y, por cierto, que al parecer la rivalidad en escena también se trasladó a la vida real, debido a las relaciones de ambas con el magnate Howard Hughes (como también Jean Harlow, Jane Rusell, Ava Gardner, ...).

Otros films destacables de Ginger fueron: ‘El mayor y la menor’ (1942) de Billy Wilder, donde intentaba seducir a un maduro Ray Milland; ‘Hubo una luna de miel’ (1942), comedia de Leo McCarey con Cary Grant de compañero; ‘Fin de semana’ (1945), que era un remake del éxito de MGM ‘Grand Hotel’; y especialmente ‘Espejismo de amor’ (1940), drama de Sam Wood que le valió el Oscar a la mejor actriz.

En ‘Me siento rejuvenecer’ (1952) de Howard Hawks se le notó el paso del tiempo, y se hacía difícil ver a Ginger convertida en toda un ama de casa (esposa de Cary Grant). Y, aunque gracias a la fórmula de la juventud que formó el embrollo del film, se pudo ver a la Rogers bailando y hasta jugando con un tirachinas, lo cierto es que sus mejores tiempos habían pasado.

A partir de esta comedia hawksiana vendría el declive de Ginger, que terminó su filmografía con el papel de mamá Harlow en una de las biografías de la rubia platino (‘Harlow’, 1965).

En cuanto a Astaire, una vez que acabó su relación profesional con Ginger, siguió acumulando éxitos en el cine musical. Por ejemplo, no puede dejar sin comentarse ‘Bodas Reales’ (1951), dirigida por Stanley Donen y que inmediatamente pasó a crearse un hueco dentro de la historia de dicho género. Fotograma de 'En alas de la danza'.En ella, Astaire y Jane Powell eran una pareja de hermanos artistas que van a parar a Londres en plena preparación de la boda del Príncipe de Gales. Su aludida celebridad viene dada por uno de esos momentos imborrables, aquel en que Astaire baila subiéndose por las paredes de su habitación. Sin duda una escena que superaba todos nuestros sueños. Oro puro.

‘The Band Wagon’ (1953), absurdamente traducida en España como ‘Melodías de Broadway 1955’, le emparejó con la gran bailarina Cyd Charisse. Tuvo bastante de autobiográfico, pues Astaire interpretaba a una antigua estrella de cine que necesita reactivar su carrera. Pintada en glorioso Technicolor, bajo la producción de Arthur Freed y con el buen sentido artístico de Vincente Minelli, se ha convertido con los años en uno de los musicales mejor valorados por la crítica. De entre un buen montón de bailes, destaca sobremanera por su sutileza el de la citada pareja dando brillo con sus trajes blancos al Central Park neoyorquino, en un número muy adecuadamente llamado ‘Dancing In The Dark’.

‘Una cara con ángel’ (1956), de nuevo le permitió mostrar su extraordinaria capacidad para embellecer, aún más si cabía, la genial música de los hermanos Gershwin. La cara la puso Audrey Hepburn, dotando a la expresión ‘Funny Face’ de todo su sentido y propiedad, no importando la diferencia de edad entre ambos protagonistas. Verles en Vistavisión, en París, y bajo la batuta de Stanley Donen, sólo podía significar sinónimo de maravilla.

  1. Ocaso y fin, que no olvido, de sus carreras.

Empero, el progresivo ocaso y abandono de los musicales por parte de la industria relegó al pobre Astaire a pequeños papeles en el nuevo tipo de películas que empezaban a hacerse. Films con aire de superproducción catastrofista, en las que se empeñaron que Fred demostrase sus dotes interpretativas en materia de tragedia. Estaba claro que cada vez había menos sitio para las viejas glorias.

Por cierto que es inevitable mencionar un detalle, cuando menos irrisorio, que demuestra por qué los Oscar me parecen una mera charlotada, sólo considerada por aquellos que tienen un absoluto desconocimiento de lo que es el cine. Resulta que Fred Astaire sólo recibió una nominación en toda su dilatada carrera. Fue como actor de reparto por la ‘El coloso en llamas’ (1974). Sobran comentarios.

Ginger acabó teniendo éxito en varios musicales de Broadway, intentando mantenerse el mayor tiempo posible en el estrellato. Más tarde llegó su retiro y su muerte, el 25 de abril de 1995, en su rancho cerca de Los Ángeles.

Fred ya había fallecido en junio de 1987, después de actuar en películas hasta que su edad, y los nuevos derroteros de la industria, dejaron patente lo imposible de la relación. La vida de estos inolvidables artistas había terminado, pero no su leyenda, ya que siguen siendo amados y venerados por millones de personas en todo el mundo. Un halo de majestuosidad rodea todas sus actuaciones, creando una magia que ni las más avanzadas técnicas del video-clip pueden aspirar siquiera a imitar (citando a Cicerón podría decirse aquello de: “O tempora!, O mores!”).

Federico Fellini los homenajeó en una de sus nostálgicas cintas, ‘Ginger and Fred’ (1986), donde Marcello Mastroianni y Giulietta Masina eran una pareja de bailarines. Aunque Ginger llevó el tema a juicio por utilización indebida de nombre e imagen, no hay que dudar de las nobles intenciones de un gran cinéfilo como el autor italiano.

Al margen de las que realizó el gran José Luis Garci en películas como ‘Volver a empezar’ (1982) o ‘Tiovivo c.1950’ (2004), también cabría citar dos emotivas alusiones que se hicieron en el cine a tan magnífica pareja (seguramente sean muchas más que ahora mismo no recuerdo o desconozco). La primera fue de la mano del genial Woody Allen, más concretamente en ‘La Rosa Púrpura de El Cairo’ (1985), donde Mia Farrow acudía a su cine de barrio para sumergirse en un mundo ilusorio y soñar con los bailes de ambos.

El otro fue en una película de Frank Darabont, ‘La Milla Verde’ (1999), basada en el drama carcelario de Stephen King. El entrañable preso John Coffe (Michael Clarke Duncan) elegía como última voluntad, antes de ser ejecutado, tener la oportunidad de disfrutar de una proyección de cine. “Son como ángeles del cielo”, decía mientras se emocionaba y derramaba lágrimas contemplando el número ‘Dancing Cheek To Cheek’. Precioso homenaje que no hace sino reflejar lo que muchos sentimos cada vez que disfrutamos con ellos.

Tags: Fred Astaire, Ginger Rogers, Shall We Dance, Ritmo Loco, musicales, Sigamos la flota, Stanley Donen.

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