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Aforismo

Críticas cinematográficas y análisis fílmicos
Portada de 'Inland Empire', de David Lynch.

Inland Empire, una película de David Lynch

Con ‘Inland Empire’ –que me perdone el director, pero los nombres escritos en letras mayúsculas siempre me han provocado urticaria– David Lynch se ha erigido en profeta de una causa que se sabe perdida: la muerte al guión. El argumento es prescindible, una mera excusa para hacer avanzar la acción –un Deus ex machina de principio a fin– y está enteramente puesto al servicio del ambiente y de la sugestión, de todo aquello que no entra por los cauces ordinarios de la razón y que apela directamente al subconsciente. La película es una sucesión ininterrumpida de digresiones y elipsis, como las últimas novelas de Robert Walser; un repudio a la linealidad temporal. Sólo un visionario que conoce al dedillo los mecanismos del cine se puede saltar todas las convenciones narrativas sin despeñarse por un barranco de pretenciosidad y vacuidad. Fotograma perteneciente a la serie 'Rabbits', que Lynch estrenó en su página web, y que le ha servido de material para algunas secuencias de 'Inland Empire'.Eso es ‘Inland Empire’: absurdo, pero genial.

El cine de David Lynch es un cine con textura, oleaginoso, que casi se toca, se palpa y se huele, y esto se acentúa tras el feliz descubrimiento del vídeo digital, un formato que abarata considerablemente los costes de producción y que él aprovecha para barnizar la imagen con una pátina feísta y porosa, como de carne viva, la misma carne retorcida de las pinturas de Francis Bacon que tan profunda huella ha dejado en toda su producción artística.

En sus manos, la pantalla se convierte en un inmenso lienzo salpicado de gotas de genialidad. El fuera de campo, aquello que no se ve pero que se intuye –el misterio tras la puerta–, ejerce la fuerza magnética de un trampantojo que amenaza con traspasar los límites de la ficción para cobrar forma –una forma amorfa y espantosa, como una criatura lovecraftiana– en la realidad de una sala oscura –‘Inland Empire’ exige verse en la más impenetrable oscuridad–.

Como en 'Carretera Perdida', los pasillos en penumbra o con iluminaciones tenues se convierten en laberintos, pero a diferencia de ésta y de otras películas, en 'Inland Empire' las puertas son las grandes protagonistas. Detrás de ellas se esconden misterios innominables y mundos paralelos, la pesadilla de todo niño medroso de la oscuridad y de los monstruos que brotan de su imaginación. En ese sentido, Lynch ha jugado a ser el Ernst Lubitsch de la comedia negra, negrísima. Al igual que en 'Mulholland Drive', los teléfonos conectan con otras realidades. Lo que no falta es el desdoblamiento de la personalidad, tema recurrente en Lynch desde 'Carretera Perdida'. Justin Theroux vuelve a participar en una película de Lynch tras 'Mulholland Drive', pero esta vez en la piel de un actor.Se puede decir que estas tres películas forman una trilogía, la trilogía del espejo cóncavo y convexo, la versión psicótica de ‘Alicia en el País de las Maravillas’.

Si en la citada 'Mulholland Drive' se servía de la figura del mago para simbolizar el poder creativo del cineasta, elevado a la categoría Demiurgo, aquí recurre al hipnotizador. Lynch es un encantador de serpientes, un embaucador en el mejor sentido de la palabra, y consigue lo que está al alcance de muy pocos: que tres horas de metraje deliberadamente inconexo se pasen en un abrir y cerrar de ojos.

Para acrecentar la expectación, Lynch recurre a lo que yo denomino cámara de entomólogo, un travelling dotado de una velocidad endiablada que penetra en lugares recónditos y que nunca se sabe si es un plano subjetivo. Como siempre, crea atmósferas lóbregas y envolventes, y en eso tiene mucho que ver la infinidad de matices que extrae de la ambientación sonora, de su propia cosecha, aunque con la inestimable colaboración de su inseparable Angelo Badalamenti. Lynch es un maestro del terror, cuyas huellas han seguido directores tan notables y de procedencia tan dispar como Takashi Miike (‘Audition’) u Olivier Assayas (‘Demonlover’). Con toda seguridad, es el cineasta más influyente de nuestro tiempo.

En ‘Inland Empire’ predominan los primerísimos planos de la cara, de ojos que se abren incrédulos, y que, como el espectador, no dan fe de los extraños fenómenos que desfilan por sus retinas; de labios fruncidos en una mueca de horror donde se ahogan gritos y se escupe sangre.La ambientación oscura y siniestra y los efectos sonoros inquietantes son el punto fuerte de 'Inland Empire'. La cámara nerviosa y zigzagueante, al igual que la narración, se mueve sin un rumbo fijo, ebria de impresiones, y ocasionalmente adopta ángulos imposibles, sin por ello parecer un fútil ejercicio de estilo.

Quizás el único reproche que se le pueda hacer a la última creación de David Lynch sea la omnipresencia de Laura Dern, que con sus mohínes en exceso afectados inunda la pantalla de un patetismo que rebasa lo absurdo de la puesta en escena y que por momentos deviene irritante. Poco queda ya en sus facciones de aquella frescura inocente de ‘Corazón Salvaje’, y es que los años no pasan en balde para nadie.

‘Inland Empire’ exige una actitud activa por parte del espectador, quien, pese a ser consciente de su inutilidad, se esfuerza con denuedo por encajar las piezas del rompecabezas. Ahí es precisamente donde reside el poder hipnótico y subyugante de Lynch, lo que algunos llaman estafa y otros llamamos genialidad.

Tráiler de 'Inland Empire'

Tags: Inland Empire, David Lynch, Laura Dern, Justin Theroux, Mulholland Drive, Carretera Perdida, Corazón Salvaje, Angelo Badalamenti, Alicia en el País de las Maravillas.

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Óscar Bartolomé

Sobre El Parnasillo

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Con el tiempo también fui dando cabida a otros géneros literarios como el relato, los aforismos y la poesía, hasta convertirse en la plataforma o revista multicultural que es hoy en día.