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Aforismo

Críticas cinematográficas y análisis fílmicos
Cartel de 'Master & Commander', de Peter Weir.

Master & Commander, una película de Peter Weir

A pesar de las indecentes declaraciones con las que hace poco nos deleitaba el exitoso cantante Melendi, en las que se jactaba y vanagloriaba de no haber leído un libro en su vida, las novelas son capaces tanto de instruirnos como de emocionarnos, procurando muchas veces la evasión a parajes que muy lejos quedan de la cotidiana rutina. En mi caso, mi pasión por la Historia, y más concretamente por la época de las Guerras Napoleónicas, me ha llevado a leer varios libros y novelas sobre el tema. Entre ellas se encuentran, obviamente, ‘Guerra y Paz’ de Tolstoi, ‘Los Episodios Nacionales’ de Pérez Galdós, y algunas de las marineras aventuras de Patrick O’Brian. Estas últimas tienen el atractivo de mezclar dos mundos para mí fascinantes, la época en cuestión, y el mar, que en la literatura ha llegado a convertirse en un género, aglutinando libros muy diversos, desde ‘La Odisea’ de Homero hasta ‘La carta esférica’ de Arturo Pérez- Reverte.

Basándose en la vida del capitán inglés Thomas Cochrane, Patrick O’Brian fue capaz de crear una de las más apasionantes sagas de novelas marítimas. Combinando las batallas en alta mar, enredos amorosos, clases de botánica y zoología, y conciertos de violín, los avatares del capitán Aubrey y el doctor Maturin han cautivado a millones de lectores en todo el mundo (una de las pruebas de que el término best-seller no tiene por qué ser peyorativo). Peter Weir, el director de la película.Cuando se anunció la adaptación de estas obras a la gran pantalla, tuve una sensación de enorme felicidad, pensando que por fin podía ir al cine a disfrutar con una película, y que entre tanto thriller de asesinos en serie y explosiones baratas, un film de aventuras, de los de toda la vida, iba a irrumpir en las salas. Mayor aún fue mi expectación cuando supe que el encargado de dirigir el proyecto era Peter Weir, un buen artesano cuyo nombre no hace sino refrendar el buen momento del cine australiano.

Cada vez que veo el film, siento esa impresión que me dice que ‘Master & Commander’ será con el tiempo un clásico, y que llegará el día en que se la califique como una auténtica obra maestra. Si bien, reconozco que la primera visión me dejó un tanto desconcertado. Muchas veces una película nos entusiasma o nos decepciona en base a nuestros preconceptos. Mi idea sobre la película era la de una superproducción de aventuras, con presupuesto multimillonario y grandes batallas. Quizás alentada esa idea por una incorrecta publicidad de la 20th Century Fox, me encontré con un film mucho más intimista, que recogía sobre todo un soberbio estudio de los personajes principales. Así que mi sensación fue la de haber visto una buena película, pero no la que yo esperaba. Visiones posteriores me han hecho comprobar que, siendo ese el tipo de film que quería Weir, los resultados se antojan inmejorables. Fan confeso de las geniales novelas de O’Brian, el cineasta de las Antípodas ha sido capaz de trasladar al cine uno de los más hermosos cantos a la peculiar vida de los marineros del siglo XIX, aquellos que no navegaban a base de motores, sino entre vientos, cabos y velas.

Para dar unas pinceladas del contexto histórico en que se enmarca la película podría decirse lo siguiente. La acción transcurre en 1805. Napoleón ya ha ocupado el trono de Francia, Inglaterra es su acérrima enemiga, y la potente flota de ésta impide a Bonaparte plantar cara a los británicos. Por tanto, el emperador corso decide realizar un bloqueo continental, impidiendo a los ingleses comerciar y moverse con libertad por los mares, a la par que alienta una guerra de desgaste, permitiendo los ataques a todo buque que ondee la Union Jack. Dentro del almirantazgo británico destaca Lord Horatio Nelson, magnífico estratega y gran esperanza anglosajona para detener a Bonaparte en sus intentos de dominar el Canal de la Mancha.

La fragata inglesa HMS Surprise, que al mando del protagonista de la saga novelesca, nuestro amigo el capitán Jack “El Afortunado” Aubrey (Russell Crowe), es uno de tantos barcos ingleses metidos en guerra con los franceses. En concreto, la Surprise navega cerca de las costas de Brasil en busca de la Acheron, La fragata Surprise surca los mares.un navío galo con mucha mayor potencia de fuego. Aubrey emprenderá una búsqueda y caza que con el tiempo acabará considerando como algo personal, un duelo con el capitán francés, un enemigo al que no ha visto, pero al que respeta y admira por su astucia y audacia.

Junto a Aubrey navega un doctor irlandés, interesado en la zoología, y que responde al nombre de Stephen Maturin (Paul Bettany). En las novelas, Maturin desconoce por completo los entresijos de la navegación, truco que utiliza O’Brian para explicárselos en forma de lecciones al lector.

Las caracterizaciones y las interpretaciones son perfectas. Paul Bettany era un total desconocido para mí, y he de decir que su trabajo me parece soberbio. Por otro lado, hay quien achaca a Crowe estar un poco pasadito. Discrepo rotundamente. Creo que está sencillamente genial (recordemos que hace de orgulloso, estricto y hasta obsesivo oficial británico). No cabe duda de que, tras ‘Gladiator’, el actor neozelandés se consagró con este papel como uno de los grandes héroes del cine actual. En medio de la grandeza de sus frases podría elegir dos momentos que me gustan particularmente. Uno de ellos es la cena de oficiales, cuando Aubrey habla sobre Lord Nelson, mostrando el respeto y devoción que realmente existía hacia “el almirante manco”. El otro es una discusión entre Stephen y Jack, que termina con una contundente afirmación de este último, cuando grita: “Ésta es una fragata de Su Majestad, aquí no hay tiempo para tus ridículas aficiones”.

Y es precisamente esa frase la que resume el mayor atractivo del film, la relación de amistad existente entre los dos protagonistas, Aubrey y Maturin. Es una bipolaridad de caracteres en la que la profesionalidad de ambos choca. Aubrey tiene como objeto primordial el cumplimiento del deber, de la misión. Maturin, con una visión mucho más filantrópica e ilustrada, está interesado en la investigación científica. Jack Aubrey y Stephen Maturin, una gran amistad.Empero, tras estas rencillas y disparidad de opiniones siempre subyace un fuerte cariño, a la par que un sentido de la fidelidad y de obligatoria ayuda hacia el otro. Siempre hay una complicidad que se ve retratada en momentos como las concertinas con violín. Y particularmente me gusta mucho el momento final, con un toque cómico que cierra la película al estilo del mejor Hitchcock.

Lo pretensión de Weir era la de mostrar una amistad ya forjada, y no el inicio de la misma. Fue por ello que eligió para su adaptación la décima novela de la serie, ‘La costa más lejana del mundo’, y no la primera, ‘Capitán de mar y de guerra’, donde los protagonistas se conocen en Puerto Mahón. Aunque para hablar con más propiedad debería decirse que esa novela es la base, pues escenas de otros libros de la serie aparecen en el film. Queriendo dar un tono tan claustrofóbico y de microcosmos, no cabe duda de que ‘La costa más lejana del mundo’ encajaba a la perfección en el proyecto.

También muy interesante es la relación de Aubrey con sus guardiamarinas, niños y adolescentes enrolados en la armada inglesa. El capitán los ve como a sus discípulos, considerando a algunos como a auténticos hijos. Cuando uno de ellos resulta herido en combate, Aubrey siente su responsabilidad, y se cree en la obligación de reparar en todo lo posible los daños ocasionados. Sin resultar escabrosa, es interesantísima la secuencia en la que Maturin se ve obligado a cercenar el brazo a Blakeney, uno de los muchachos. El capitán, para intentar compensar, le regala al joven un libro con las memorias de Nelson, apreciado por un guardiamarina inglés como una Biblia por un sacerdote.

Aunque la acción no es lo más importante del film, las dos batallas que aparecen en la película están rodadas con oficio, sobriedad, y consiguen impresionar al espectador. Concretamente, la segunda de ellas comienza con un discurso de Crowe que se hará antológico con el paso del tiempo: “Intentan invadir Inglaterra. Y aún al otro lado del mundo este barco es nuestro hogar. Este barco, ... es Inglaterra”. Las dos fragatas frente a frente, barriendo el puente de mando a cañonazos.Por supuesto, tales palabras son óptimas para ser calificadas como fascistas, rancias y provocadoras, algo que no es de extrañar en este país, que últimamente tanto se ha acostumbrado a lo políticamente correcto, y a confundir churras con merinas. Lo cierto es que, como ocurría en las películas de John Ford, se nos muestra a un grupo de personas con un fin común, obligados a luchar por las circunstancias, y que comparten orgullo, honor, valentía y compañerismo.

Los planos del océano son prodigiosos, siendo contadísimas las escenas en que se usan procedimientos digitales. Y, a propósito, que cuando éstos son requeridos se hace correctamente. Y es que el ordenador no tiene nada de malo en el cine, si se usa bien y cuando es verdaderamente necesario. Además, la música se une en armonía con el océano, y es un acompañamiento perfecto mientras la Surprise iza sus velas y surca los mares. Es muy acertado el apartado sonoro, pues a las piezas escritas para la B.S.O. del film, acompañan clásicos de la altura de Bach o Mozart, con lo que se consigue un ambiente muy ad hoc.

En lo referente a la dirección artística sólo cabe hablar de resultados excelentes. Al igual que en las novelas, la documentación es muy buena, habiéndose estudiado cada detalle al milímetro. El propio Weir insistió en que los actores se rodeasen de verdaderos objetos históricos, y así algunas de las cartas náuticas y espadas que aparecen fueron realmente usadas por la marina británica. La belleza de los planos salta a la vista.Todo ello hay que agradecérselo a la pasión del director en el proyecto, quien implicado al cien por cien, no dudó en visitar desde el Museo Naval de Greenwich en Inglaterra, hasta las aguas del Atlántico.

El trabajo de dirección de Weir es excepcional, demostrando su conocimiento del arte cinematográfico, así como su profesionalidad. Máxime se ha de valorar su trabajo si se tiene en cuenta lo difícil que es rodar una película de época en alta mar (sólo al alcance de grandes como Raoul Walsh o Michael Curtiz). Desde luego, en el desierto cinematográfico que nos toca vivir, Peter Weir es uno de los cineastas que nos llenan de esperanza y buen cine. Entre sus estupendos trabajos se podrían nombrar ‘Único testigo’ (1985), magnífico thriller policiaco con Harrison Ford y que dio fama mundial a la religión amish; ‘El club de los poetas muertos’(1989), que dejó huella en toda una generación de profesores y alumnos; o la más reciente ‘El show de Truman’ (1998), extraordinaria reflexión sobre los medios de comunicación y la TV actual. Claro que también a veces hay resbalones, porque Weir llevó el tedio a millones de espectadores con la insoportable ‘La costa de los mosquitos’ (1986). Esperemos que Aubrey y Maturin vivan más aventuras guiados por este gran director. Sería una genial noticia para los amantes del cine de género, que parecía muerto desde los setenta, pero que parece (crucemos los dedos) hace intentos desesperados por resurgir.

Los lectores y fans de las novelas, entre los que ya he dicho que se encuentra Weir (Pérez-Reverte, Charlton Heston o Iris Murdoch son otros ilustres seguidores de la saga), nos podemos encontrar con numerosos guiños que pueden pasar desapercibidos al espectador profano. De esta forma cabe mencionar: la ya citada afición a la música clásica; la carta que Jack escribe a su querida Sophie; la conversación, en portugués, que Stephen mantiene con un comerciante en las costas brasileñas; la anécdota de Nelson y la sal; aparte de, por supuesto, otros personajes como Killick, Tom Pullings o Mowett.

He nombrado a Raoul Walsh y creo de justicia señalar que la película de éste, ‘El hidalgo de los mares’ (1951) es una referencia ineludible para ‘Master & Commander’. Jack Aubrey alecciona a los guardiamarinas.Si las novelas de C.S. Forrester, sobre el almirante inglés Horatio Hornblower, fueron preludio a las de O’Brian, la cinta de Walsh lo fue a la de Weir. Si bien hay que decir que ‘Master & Commander’ gana en profundidad ante el trepidante y desenfadado ritmo de aventuras que posee ‘El hidalgo de los mares’.

También otras películas de aventuras en el mar como ‘El capitán Blood’ o ‘Rebelión a bordo’, tienen su parte de influencia en la película. No dejan de ser fuentes de inspiración que enriquecen una obra, y que algún lumbreras auto-alabando su gran perspicacia se encargará de catalogar como plagio.

Con películas como ‘Master & Commander’ ir al cine vuelve a convertirse en un placer. En un panorama que combina el aburrimiento y la sosería, con lo escatológico y lo artificial, son estos los filmes que nos hacen recordar qué buenos momentos hemos pasado viendo películas. Aunque a día de hoy lo políticamente correcto es elogiar el denominado cine independiente, yo siempre me quedaré con la narración clásica, con el espectáculo visual, y con las obras poseedoras de esa fuerza capaz de transportarte a través de espacio y tiempo. Después de todo, puede que el cine no haya perdido definitivamente su magia.

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