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Aforismo

Series de televisión
Portada de Breaking Bad, con Walter White (Bryan Cranston) a la cabeza y Jesse Pinkman (Aaron Paul) en segundo plano.

Breaking Bad, la serie de Vince Gilligan con Bryan Cranston en el papel de Walter White (Heisenberg)

Esta vez no voy a andarme con rodeos ni con largas introducciones. ‘Breaking Bad’ es mi serie favorita de todos los tiempos y Walter White (aka Heisenberg, aka Ozymandias) el personaje de ficción que más admiro, tanto por su compleja personalidad y sus intrincadas motivaciones, que tan bien explican y definen su conducta, como por su asombrosa transformación. El trabajo de Bryan Cranston es tan encomiable que resulta difícil de calificar. Sin duda, la mejor interpretación que he visto en mi vida, ya sea en el cine o en las series, da igual. Como no podía ser de otra manera, su actuación ha recibido todo tipo de elogios por parte de la crítica y de premios como los Emmy o los Globos de oro, pero cualquier palabra de reconocimiento o galardón se queda corto a la hora de valorar su inconmensurable labor interpretativa. El mismo Anthony Hopkins le envió personalmente una carta para felicitarle por su excelente trabajo, expresándole su más sincera admiración y manifestándole que su interpretación era la mejor que había visto en su vida. No es para menos.

Bryan Cranston logra una interpretación memorable como Walter White (aka Heisenberg).Y las felicitaciones no acaban ahí. El escritor George R. R. Martin, autor de la famosísima saga ‘Game of Thrones’, quedó tan entusiasmado tras el visionado del capítulo ‘Ozymandias’, que no contento con decir que era la mejor ficción televisiva que había visto nunca, declaró asimismo que pensaba utilizar el personaje de Walter White como inspiración para alguno de los personajes de su novela.

Y en el pedestal se leen estas palabras: ”Yo soy Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!” No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas". Percy Bysshe Shelley

Pero claro, todo el mérito no es de Bryan Cranston. Buena parte de la culpa la tienen también los guionistas, empezando por el creador de esta joya que es ‘Breaking Bad’: Vince Gilligan, otrora artífice de algunos capítulos de la mítica serie ‘Expediente X’. Que ‘Breaking Bad’ iba a ser una obra maestra me quedó claro desde el capítulo piloto, no ya tanto por la temática y la línea argumental, que también, sino por algunos nombres que había detrás del proyecto, como el director de fotografía, John Toll, responsable de los estilizados planos de ‘La delgada línea roja’, de Terrence Malick. Luego Michael Slovis ocuparía su lugar, y no defraudó.

El abogado más dicharachero de la televisión, Saul Goodman, tendrá su propio spin off: 'Better Call Saul'Aunque nadie puede discutir el protagonismo absoluto de Bryan Cranston en la serie, el resto del reparto también estuvo a la altura, empezando por Aaron Paul, como Jesse Pinkman, y siguiendo por Anna Gunn (Skyler), Dean Norris (el agente de la DEA y cuñado de Walter Hank Schrader), Betsy Brandt (Marie Schrader) y RJ Mitte (Walter Junior, luego Flint), lo que se podría considerar el núcleo familiar. Mención aparte merece Bob Odenkirk, el picapleitos más histriónico de la ficción televisiva, que pronto tendrá su spin-off: ‘Better Call Saul’. Para los que amamos ‘Breaking Bad’ y tras su cierre nos hemos sentido un poco huérfanos, será un regalo de un valor incalculable que en cierto modo aspirará a llenar ese vacío. Tengo grandes esperanzas depositadas en esta serie, también producida por la AMC, aunque claro, sabiendo que será otra cosa distinta a ‘Breaking Bad’, probablemente menos dramática pero con el mismo o tal vez más humor negro. El personaje de Saul bien merecía una serie propia, y según parece, habrá un cameo de Walter y Jesse, sabiendo que se trata de una precuela. Ah, y menos mal que al final no va a ser una sitcom, porque eso sí me creaba ciertas dudas.

Ahora tú eres oficialmente el guapo del grupo”, le dice Saul a Walter después de ver el rostro desfigurado de Jesse por los salvajes golpes de Hank.

No sería justo olvidarme de Jonathan Banks, que interpreta a Mike Ehrmantraut, mano derecha de Gustavo Fring (Giancarlo Esposito) y de profesión ex policía y “solucionador de problemas”, una especie de Señor Lobo en ‘Pulp Fiction’. Mike es el contrapunto perfecto a Walter, a quien nunca tragó porque siempre supo que causaría problemas. Sus muecas y gestos de desaprobación cada vez que Walter hace o dice algo que le contraría son de lo más expresivo (todo su rostro de zorro viejo lo es), y ese plano final en que le conmina a que le deje morir en paz en una puesta de sol entre los juncos es simplemente inolvidable. Y lo curioso es que en un tipo tan duro y curtido en mil batallas como Mike, que tiene esa apariencia de frialdad inconmovible, pétrea, rígida, hierática, también es posible encontrar una debilidad, un verdadero afecto por su nieta, a la que colma de atenciones y quiere dejar todas sus ganancias en herencia (y es que la familia en ‘Breaking Bad’ tiene un simbolismo capital, desde Héctor Salamanca –genial su caracterización en silla de ruedas y con la campanilla– hasta Walter White). Nadie como Mike vio tan meridianamente claro que Walter les llevaría a todos a la perdición.Walter y Jesse forman una extraña pareja, se quieren y se odian, no se soportan pero se necesitan el uno al otro.

Eres una bomba de relojería que en cualquier momento puede estallar, y yo no quiero estar allí cuando eso ocurra”, le espeta Mike a Walter.

Podría explayarme desgranando la fascinante estructura narrativa de la serie, como esas secuencias iniciales que preceden a los créditos y que siempre nos adelantan pequeños pero relevantes detalles de lo que veremos a continuación, pero no pretendo hacer aquí un análisis exhaustivo de ‘Breaking Bad’ (quizás en otra ocasión) porque eso me llevaría mucho tiempo y espacio y merece más que unas pocas páginas. En lo que sí me interesa ahondar es en la poliédrica personalidad de Walter White, ese profesor de Química tímido y apocado, que un día, tras serle diagnosticado un cáncer de pulmón, decide dar un vuelco a su vida y se convierte (no de golpe y porrazo, sino tras una larga y compleja evolución) en el narcotraficante más temido de Nuevo México. Es curioso, sin duda uno de esos accidentes felices que en ocasiones ocurren en la vida, pero que la serie finalmente se localizara en el sureño y polvoriento estado de Albuquerque (la razón era tan simple como que por rodar allí recibía unas cuantiosas desgravaciones fiscales), fue todo un acierto, porque toda la trama de la metanfetamina azul (Crystal Blue Persuasion) y del cartel de Sinaloa no hubiera tenido tanto sentido lejos de la frontera.

Los cuates de Sinaloa

Está claro, y se puede comprender en una medida razonable, que recibir una noticia tan tremenda cambie el modo de pensar de Walter, que altere sus esquemas mentales preconcebidos y sus prioridades, que pierda poco a poco sus temores, todos esos complejos con los que cargaba desde que decidió convertirse en profesor de instituto, y que se vuelva más decidido y temerario. Es quizás una de las mayores paradojas de la vida, pero cuando sabes que vas a morir empiezas a vivir de verdad. Sin miedos. Sin cortapisas. Sin pensar en las consecuencias ni en el mañana. Live free or die. Simplemente haciendo lo que quieres cuando quieres. Como quemarle el Maserati a ese tío estúpido que te quita la plaza de aparcamiento delante de tus narices y baja del coche hablando por telefonillo. Esto, no hace falta que lo diga, le trajo tantas satisfacciones como disgustos, sobre todo en lo personal, en sus relaciones familiares y especialmente con su mujer, Skyler, pues tomar decisiones, y decisiones tan importantes que afectan a los que te rodean, a su integridad física y moral, sin consultarlas antes con ellos suele tener consecuencias desastrosas.Skyler se debate entre la lealtad y la venganza a Walter, quien, todo hay que decirlo, no se lo pone nada fácil.

Su evolución es tan larga como minutos tiene la serie, pero ¿en qué momento Walter White pierde sus últimos escrúpulos morales y se despeña por esa delgada línea que separa lo que está bien de lo que está mal? En mi opinión, hay un momento crítico, un punto de inflexión que sella para siempre el fatum de Walter: cuando deja que Jane Margolis (Kristen Ritter) muera ahogándose en sus propios vómitos tras una sobredosis de heroína. En ese caso actúa por omisión, plenamente consciente de lo que hace, o de lo que no hace, y es una decisión que asume con dolor, pues no puede evitar que asomen unas lágrimas a sus ojos, aunque no sabemos con seguridad si esas lágrimas y ese dolor son por la muerte de Jane o por haber entrado en un punto de no retorno (la analogía con el agujero negro no es baladí; Walter absorbe y destruye todo lo que le rodea). Para Walter, Jane se había convertido en un obstáculo, pues estaba predisponiendo a Jesse en su contra y le estaba chantajeando (y pese a sus continuas disputas, Jesse había acabado siendo para él algo así como un hijo pródigo, un hijo rebelde y díscolo a quien tienes el deber de proteger de sí mismo, pues no es capaz de cuidarse solo y no sabe lo que le conviene –no olvidemos que Jesse vive el rechazo de sus padres y que Walter tiene un hijo discapacitado (el propio RJ Mitte padece una parálisis cerebral)–, un hijo y discípulo al que puedes y debes enderezar para llevarle por el buen camino; y claro, esto empieza a resquebrajarse cuando Jesse encuentra una nueva figura paterna en Mike, que reemplaza y desfigura a su tutor y maestro y lo confronta con él hasta el punto de hacerle parecer el mismísimo Diablo), pero Jane no era un gángster como Tuco Salamanca o Gustavo Fring, era una persona normal y corriente, y dejarla morir, cuando podía haberla ayudado, supone traspasar de una vez para siempre el umbral de lo moralmente ético o correcto. A partir de ahí ya no hay vuelta atrás. Walter entra de lleno en el peligroso terreno del todo vale, de la relatividad moral. Se convierte en un ser teleológico, en un prófugo, en un outsider, en un fuera de la ley, y el sino de todo forajido es la soledad, lo que le aleja indefectiblemente de su inicial propósito, que era cuidar de su familia (es lógico pensar que si había renunciado a todo por su familia, su familia lo era todo para él). Ya no hay límites a su ambición, y Heisenberg, su Mr. Hyde, su alter ego, que siempre había estado ahí, presionándole para salir, engulle lo poco que quedaba de Walter White, el timorato y abúlico profesor de Química que un día renunció a la compañía que había fundado junto con su ex novia Gretchen Schwartz y su mejor amigo Elliott (Gray Matter Technologies), compañía que luego les haría multimillonarios, mientras que a él su exiguo sueldo como funcionario público apenas le llegaba para dar de comer a su familia. La metanfetamina azul es la marca de autor de Walter White, y el laboratorio, el refugio en el que se siente seguro, aunque a veces haya que usar unas gotas de ácido sulfúrico.

Este punto es clave para entender la psicología de Walter. La certeza de saber que dejó escapar la oportunidad de ser rico y poderoso (al menos dentro de los círculos científicos) era una comezón que siempre le había quemado por dentro, en lo más hondo, en su orgullo, y si algo es Walter es orgulloso, como lo evidencia el hecho de que rehusara el ofrecimiento de sus antiguos socios para costearle el costoso tratamiento contra el cáncer que no cubría su seguro médico (he aquí una crítica feroz al injusto sistema sanitario americano). Walter llevaba, sin ser del todo consciente, años y años cultivando en su fuero interno un fuerte resentimiento y una frustración por ejercer un trabajo vulgar muy por debajo de su talento, y por sentir que nadie, ni siquiera su familia (y menos que nadie, su cuñado Hank, al que gusta mofarse de su pusilanimidad al tiempo que aprovecha para alardear de hombría), le valora en lo que vale. El mercado de la droga le ofreció, pues, una segunda oportunidad para demostrar su valía, y esta vez no la dejó escapar. Conseguir la suficiente cantidad de dinero para proveer a su familia cuando él ya no estuviera, que era su propósito inicial al enterarse de su enfermedad terminal (y cuando el doctor se lo comunica, él se queda absorto mirando una mancha de kétchup en su bata –el germen de la obsesión que ya empieza a aflorar al exterior–), se fue convirtiendo poco a poco, a medida que su moral se relajaba, en algo secundario, mientras fue creciendo en él la sensación de poder. Por fin había encontrado un trabajo, una actividad (ilegal y delictiva, sí, pero eso era lo de menos) en la que era el mejor: cocinar meta (la meta azul, su distintivo, su marca de autor y, por último, su gran amor: Baby Blue), y encontrando esa actividad se encontró a sí mismo, a su Yo más profundo y siniestro. Rebuscando dentro de su ser halló un narco y un tirano, nada más y nada menos, y así orientó todas sus energías y su inteligencia preclara a fundar ese gran imperio de la droga (genial el momento en el que está viendo ‘Scarface’ en la tele con Walter Junior y los dos se lo pasan en grande mientras Al Pacino dispara su ametralladora y Skyler, que lo ve, pone cara de circunstancias; ya no reconoce a su marido). Ese orgullo o prurito personal/profesional que acaba transformando a Walter en Heisenberg sale a la superficie como nunca en el ya memorable diálogo que mantiene con Skyler y que desemboca en la autoafirmación:

I am not in danger, Skyler. I am the danger. A guy opens his door and gets shot and you think that of me? No. I am the one who knocks!"

I’m the one who knocks!

Lo genial de la transformación de Walter es que se produce tanto en lo físico como en lo espiritual, en el interior y en el exterior. De hecho, ambos cambios están sincronizados. Desde el momento en que se afeita la cabeza ya es otro (y Junior es el primero en advertirlo cuando le dice divertido: “Papá, pareces un tío malote así con la cabeza rapada”). Y en verdad, Walter sin pelo parece otro. Ese detalle le cambia por completo la expresión, la fisonomía, lo que unido a las gafas metálicas y a las arrugas que le surcan la cara le confiere un semblante más duro y amenazador. A este cambio le sigue la perilla, que acentúa aún más su fiereza, y por último, el sombrero, que acaba por ser su tótem, su emblema. Y así es como el timorato Walter White acaba transformándose en el temido Heisenberg. Un sobresaliente en caracterización.El sombrero es el emblema distintivo de Heisenberg, su tótum.

No deja de ser irónico que un profesor de instituto, Walter, sea al fin y a la postre más valiente y tenga más coraje y sangre fría que un chico de la calle, drogadicto y chanchullero como Jesse, que es incapaz de intimidar y de hacerse respetar o de apretar el gatillo en una situación límite (genial ese plano en el que se le ve literalmente incapaz de matar un insecto, presagio de la tragicómica escena que ocurriría después en casa del Potas con el cajero automático convertido en improvisada guillotina).

You got balls, I'll give you that", le reconoce Tuco a Walter (Heisenberg) entre la tos y la risa después de verse sorprendido por su truco de química, fulminato de mercurio.

Si antes decía que el orgullo era el rasgo que mejor caracterizaba a Walter (mejor dicho, al Walter que está en fase crisálida), no lo es menos que el narcisismo es el atributo predominante en Heisenberg. La escena conocida como “Say my name” es el mejor ejemplo, otra para enmarcar:

Say my name

Y no hay personalidad narcisista que no sea de suyo obsesiva, manipuladora y perfeccionista. El capítulo de la mosca, tan kafkiano, es el supremo exponente de su trastorno de personalidad, de ese molesto zumbido que ya no puede quitarse de la cabeza. La mosca representa, con un simbolismo perfecto, el grado de locura que acecha a Walter, como cuando busca desesperadamente el dinero en los cimientos de la casa y ríe como un poseso ante la mirada atónita de Skyler.

Hace poco, en una entrevista concedida al periódico The Guardian (que calificó a su personaje como “probablemente el más oscuro y moralmente ambiguo protagonista en la historia de la televisión”) con motivo de la obra de Broadway ‘All The Way’ en la que interpreta al presidente Lyndon B. Johnson, Bryan Cranston manifestó que en todos y cada uno de nosotros hay un Walter White, y tiene razón. Ni siquiera podemos sospechar qué clase de personalidad oculta por capas y capas de resentimiento, envidia y frustración habita en nuestro subconsciente esperando el momento de ser liberada. Sólo tienen que darse las circunstancias adecuadas, las que propicien el cambio, para que empiece la transformación, o la demoníaca posesión. Porque muchas veces la persona es fagocitada por el personaje, y entonces todo se vuelve confuso. Se borran los límites entre el bien y el mal, no hay ética ni moralidad ni dualidades maniqueas, y el fin justifica los medios. Por suerte, la mayoría de nosotros nunca nos veremos empujados a actuar en una situación tan desesperada, donde te juegas el todo o la nada a un número de la ruleta, pero si nos viésemos, tal vez no actuaríamos de un modo tan distinto a Walter (con las limitaciones de cada uno, claro, porque Walter tiene esa genialidad para el enredo y la tergiversación y el escapismo que le hacen tan intrigante).

Mucho se ha especulado sobre el significado del nombre Walter Hartwell White. Conociendo a Vince Gilligan, parece evidente que no fue escogido al azar. Hay muchas teorías al respecto. Personalmente, pienso que las iniciales W. W. están directamente relacionadas con el cambio y la ocultación de identidad que caracteriza al personaje. De hecho, en esa secuencia antológica en la que Hank le está mostrando a Walter el libro de anotaciones científicas de Gale Boetticher y lee la dedicatoria del poema ‘El aprendiz de astrónomo’:

Cuando escuché al aprendiz de astrónomo, / cuando las pruebas, las figuras, se ordenaron en columnas delante de mí, / cuando me mostraron los gráficos y los diagramas, para sumar, dividir y medirlos, / cuando yo, sentado, escuché al astrónomo cuando leyó entre tantos aplausos en el salón de lecturas. / Qué pronto, inexplicablemente, me harté, / hasta levantarme e irme, vagando a solas por ahí, / en el místico y húmedo aire nocturno y, de vez en cuando, / miré hacia arriba en silencio total a las estrellas.'El aprendiz de astrónomo', Walt Whitman.

Walter White acaba fundando un imperio de la droga, a lo Scarface, lo que colma sus ansias de poder.Se pregunta qué significarán las iniciales W. W. de la dedicatoria, y piensa en alto, recitando: Walt Whitman, Willy Wonka, Woodrow Wilson… ¡Walter White! A lo que éste le replica, con gesto atónito y confuso y levantando las manos: “You catch me”.

Esa escena nos da la suposición de que Walter White en realidad es también un alias, una careta más, igual que Heisenberg y Ozymandias (la grandeza o grandilocuencia, como se quiera ver, del faraón Ramsés II le viene que ni pintada a Walter). Porque, ¿quién se oculta detrás de Walter White? Dicho con otras palabras, ¿no se parece acaso Walter White a uno de esos superhéroes (o supervillanos, depende de cómo se mire, y al mirarlo uno empieza a ver una extraña semejanza con Lex Luthor) que ocultan su fabulosa identidad al mundo para hacerse pasar por personas normales? Igual que Batman o Superman. Es entonces cuando se nos viene a la cabeza aquel capítulo de ‘The Big Bang Theory’ en el que Raj Koothrappali formula su cuando menos curiosa teoría sobre los personajes creados por Stan Lee para Marvel Comics y las iniciales dobles: Sue Storm, Stephen Strange, Peter Parker, J. Jonah Jameson, Jr., Dum Dum Dugan, Green Goblin, Matt Murdock, Pepper Potts, Victor Von Doom, Milie the model, Four Fantastic, Daredevil, Happy Hogan, Curt Connors, Fin Fang Foom. ¿Casualidad? ¿Coincidencia? Más bien no. Ni lo uno ni lo otro. En el caso de Stan Lee, parece que tenía mala memoria y utilizaba este recurso mnemotécnico para recordar los nombres e identidades secretas de sus personajes. En el caso de Walter White tampoco parece una simple coincidencia, pues oculta sus superpoderes (Heisenberg, la meta azul) al mundo, y más, por razones obvias, a su cuñado agente de la DEA, mientras se hace pasar por un hombre de lo más sencillo y humilde, alguien de quien nadie sospecharía; aunque no siempre lo consigue, claro, y a veces, como en la barbacoa en la piscina cuando emborracha a Junior y se encara con Hank, sale a la superficie su incendiario alter ego.

Que hayas matado a Jesse James no te convierte en Jesse James”, Mike Ehrmantraut a Walter.

a química es esencial en la cocina de meta de Walter White, su Crystal Blue Persuasion.Otro detalle que hace singular a Walter White, en comparación con otros personajes que nos ha dado la ficción televisiva (los antihéroes por excelencia) y que han hecho historia por su excepcional carácter, es que es el único de entre todos ellos que no cae en el tópico del hombre frívolo y mujeriego. Walter, en ese sentido, está muy lejos de los Tony Soprano, Don Draper o Francis Underwood. Su fidelidad a Skyler está fuera de toda duda (no podemos decir lo mismo de ella, tuviera o no sus razones para vengarse de él), y sus únicas motivaciones fueron la familia, primero, y el ansia de poder, después.

Que Walter White iba a acabar mal estaba claro (su destino ya estaba sellado, y él lo sabía; de hecho, incluso cuando su tumor parecía estar en remisión y todos se alegraban por ello, él era el único reacio a creérselo, y hasta se lo tomaba a disgusto), pero en su solitario camino salpicado de sangre y arena –el viaje del héroe, el forajido de un western crepuscular– entró en la categoría de leyenda.

En resumen, y para acabar, ‘Breaking Bad’ es una serie para ver colocado o sin colocar, fumado o sin fumar, con una taza de café con Stevia o sin Stevia. Qué diablos. ‘Breaking Bad’ es una serie para ver, sea como sea.

Tuco y Heisenberg

Tags: Breaking Bad, Vince Gilligan, Walter White, Heisenberg, Bryan Cranston, Jesse Pinkman, Aaaron Paul, Bob Odenkirk, Saul Goodman, Anna Gunn, Hank Schrader, Dean Norris, Ozymandias.

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Óscar Bartolomé

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